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Pensar y hacer Fallas

Las fallas, también conocidas como “Las fiestas del fuego”, son un verdadero derroche de arte, reflexión, humor, sátira, crítica, magia… Una verdadera explosión de contenido que desemboca en un espectáculo como pocos en el mundo. 
 
Este evento de gran repercusión nacional ha congregado este año a más de 500 comisiones falleras, una cita que no podrán eludir los amantes de esta gran fiesta popular. 
 
Y qué mejor que contar con la colaboración de un experto del mundo fallero, como lo es Miguel Ángel Pérez, Presidente de la Comisión de Mossén Sorell-Corona, quien nos habla del verdadero sentido de las Fallas.
 
 
 
Los albores de las fallas nacen con el requisito con que hoy cuenta cualquier creación para considerarse arte: intención del autor. Es un planteamiento del arte oriental que hoy es plenamente aceptado por la cultura contemporánea. Por el motivo religioso o pagano que convenga explicar, la fiesta fallera nació consistiendo al quemar piras de objetos y construyendo una llama purificadora. La sociedad aportaba significados, contenidos y elocuciones verbales y plásticas que han ido evolucionando poco a poco a lo largo de los siglos. Pero el fondo es el mismo.
 
Hoy, ese hecho, la intencionalidad del concepto “falla”, ya está tan asumido que se han buscado intenciones añadidas por parte de los autores. El objetivo es que la falla tenga un significado explícito y pueda ser una obra de arte sin contar con el hecho de quemarse. 
 
Algunos quieren quemar la que no les gusta, otros prefieren olvidarse que se tiene que quemar y divertir al público con humor, y también está quien prefiere (este grupo podría ser el mayoritario) quemar cosas bonitas, el esteticismo de las composiciones, los colores y las anatomías, como si estuviéramos hablando de arte floral.
 
Una corriente alternativa durante los últimos años recupera la intención de la falla y pretende que tenga un significado para comunicar a la gente, que la haga reflexionar e incluso que transmita sentimientos. Son las fallas que hablan del amor,  la muerte, la existencia, del sexo, del espíritu y de la esencia de las cosas. Son fallas, sí. Y también son filosofía. 
 
Muchos espectadores rechazan las fallas que tienen la intención de hacer pensar, o las que no tienen muñecos, o se atreven a fijar unas normas para aquello que tiene que ser una falla. Pero es que las fallas nunca han sido lo mismo. En sus inicios no tenían una intención plástica. Posteriormente ganaron en plástica y en intención crítica, después vino la intención satírica y teatral y por último se ha establecido la intención artística, que en muchos casos no está muy bien comprendida.
 
 
 
El esteticismo, el elogio a la belleza plástica, se ha impuesto como tónica general. Pero las fallas realmente pueden ser tan bellas por su contenido que seducen y se ganan al público, convirtiéndose en un tótem, una obra de arte con trasfondo y sentimientos, tan esenciales para una obra que, además, está limitada en el tiempo y sucumbirá al fuego de las llamas.
 
Cuando se prioriza la intención de transmitir sobran las formas. Por eso, muchos creadores de fallas han decidido prescindir de elementos sobrantes para hacer la idea más sencilla, más comprensible. Una tendencia que en el arte plástico ya tuvo lugar a principios del siglo XX con el minimalismo, pero para las fallas es una rotunda rebelión ante las formas barrocas tradicionales. El objetivo, una vez más, es transmitir el mensaje, que sea claro y directo, sin ornamentaciones que contaminan lo que los espectadores tienen que percibir.
 
Ante esta oleada de propuestas estéticas y filosóficas, el público es quien cataloga, etiqueta, consume, digiere y se lleva algo de su visita a la obra efímera pública. Y buena parte del público es detractor de este tipo de fallas ante la falla tradicional, porque opinan que la falla está para dar risa y que tiene que relatar la realidad en un tono satírico, ajustándose a la definición clásica de la palabra falla, donde no caben los últimos movimientos en arte público. En cambio, se da la casualidad que sí que aceptan las fallas que, sin ser críticas ni hablar de la realidad, plasman figuras y composiciones de mundos ajenos al nuestro mediante una plástica barroca, puramente decorativa y completamente vacía de contenido.
 
El caso es que en la actualidad parece que cada día se piensa más al hacer fallas, pero las fallas se hacen para no pensar. Y ese problema está generando grandes debates en términos de formación de los profesionales que se dedican a hacer fallas, en la forma de involucrarse en los talleres por parte de las comisiones que sufragan las fallas y también discusiones sobre el propio concepto: qué se puede entender como falla? No obstante, continúa primando y valorándose la libertad, y cada día más se apoyan las ideas más sorpresivas y originales. Ante el conjunto homogéneo, la pieza nueva siempre es un éxito.
 

Tags: Fallas 2015, fallas,, Valencia, Miguel Ángel Pérez